"La Violencia perversa obliga a la víctina a afrontar su falla y los traumas olvidados de su infancia,y excita la pulsión de muerte que se halla en germen en todo individuo.Los "perversos narcisistas" buscan en el otro ese germen de autodestrucción, y luego les basta con activarlo.... Es una violencia indirecta sin marcas ni heridas, con daños psicológicos que pueden ser de por vida." Marie-Frence Hirigoyen

lunes 23 de enero de 2012

El Perverso Narcisista



Por Arlene Leiman | Pasionaria – lun, 25 jul 2011 14:46 ART

Dobles mensajes, estrategias culpabilizadoras, manipulación, menosprecio acumulativo, miradas fulminantes, agresiones en privado, cariños en público... Si tienes cerca a una persona que actúa de esta forma, es probable que te encuentres ante un perverso narcisista. Tal vez se trata de tu jefe, de un compañero de trabajo o de alguien a quien quieres de hace tiempo; quizás por ello te resulta tan difícil reconocer que esos gestos cubiertos de miel, en realidad están envenenándote el alma, pues llevan escondida una dosis de violencia psicológica.
Por muchas razones culturales y educativas, durante muchos años la violencia psicológica fue ignorada y confundida con otros fenómenos. Sin embargo, estudios recientes han descifrado la manera en que funciona y quiénes son sus principales actores. Sin duda, la figura del perverso narcisista es indispensable en este escenario.
Investigadores como Marie-France  Hirigoyen (El acoso moral, 2001) así como Jean-Charles Bouchoux (Le pervers narcissiques, 2009), se han dado a la tarea de descifrar el fenómeno de la violencia psicológica y dar a conocer el comportamiento del perverso narcisista, de manera que aprendamos a identificarlo y, sobre todo, a defendernos.

¿Quién es? 

El perverso narcisista, dice  Jean-Charles Bouchoux, se trata de un hombre o una mujer que tiene un problema con su propia imagen. Incapaz de amarse a sí mismo, para poder sobrevivir, proyecta su imagen en otra persona sobre la cual puede descargar su desprecio y culparla de todas sus fallas. El perverso narcisista no es necesariamente la pareja, también puede ser un compañero de trabajo o alguien de la familia, pero siempre se trata de alguien con quien tenemos un lazo estrecho; a pesar de que esa persona es manipuladora e hiriente, a pesar de que nuestro instinto nos diría ¡corre ahora o laméntalo para siempre!, ocurre que no podemos separarnos de ella.


Este lazo que existe entre el perverso narcisita y su víctima se forja a fuerza de tiempo y convencimiento. A partir de un tipo de manipulación específica conocida como comunicación paradójica, el perverso narcisista logra convencer al otro de que es culpable de todos los defectos y las fallas que ocurren a su alrededor, así podrá despreciarlo y agredirlo "justificadamente" en lugar de despreciarse a sí mismo.

¿Cómo reconocerlo?
Generalmente se trata de personas muy hábiles o perfeccionistas, seductoras y encantadoras desde el primer minuto. "La seducción del perverso", dice Bouchoux, "no es amorosa, sino que pretende fascinar sin dejarse atrapar; hace que la realidad se vuelva confusa". Poco a poco, el perverso narcisista irá mostrando su lado destructivo a través de una actitud paradójica:

- Se comporta de dos maneras muy distintas dependiendo dónde y con quién esté; en lo público se mostrará amable, condescendiente, los demás lo verán como alguien carismático, pero en lo privado actuará como un verdugo vestido de caballero andante o de sabio.

- Al ser personas egocéntricas, exigen perfección a los demás pero no soportan la crítica.

- Suelen hacer comentarios con una doble carga emocional: "Sabes que te amo, pero eres un fracaso", "Si acaso me enfermo, puedes estar segura de que es por tu culpa". Así, hace que el otro quede fuera de balance.


 Lo mismo ocurre con el lenguaje no verbal, gestos amorosos pueden acompañar palabras o acciones violentas, y viceversa.


De acuerdo con lo que plantea Marie-France Hirigoyen, la actitud paradójica del perverso narcisista es capaz de bloquear la comunicación debido a la confusión que genera en su interlocutor; éste se ve imposibilitado para proporcionar respuestas convenientes y se agota intentando encontrar soluciones, las cuáles son en cualquier caso inadecuadas y, cualquiera que sea su resistencia, no puede evitar la aparición de la angustia o la depresión.

¿Quiénes son sus víctimas?

Los autores coinciden en que el perverso narcisista desea a personas dotadas, concienzudas, afables, que dan lo mejor de sí mismas; extrovertidas, expresivas de su éxito y su felicidad, generosas, tenaces, comprensivas, abiertas. Sin embargo, el perverso narcisista se engancha sobre todo de los puntos débiles: tendencia a la ingenuidad, falta de seguridad en sí mismo, es hiper responsable y propensa a la culpabilización, admite fácilmente la crítica y se mata por dar satisfacción.
Dicen los especialistas que todos somos víctimas en mayor o menor medida de un perverso narcisista, la diferencia es que unos se enganchan en la relación y otros son capaces de salir corriendo. Un perverso narcisista siempre encontrará una buena razón para agredir o rebajar al otro, puesto que ha proyectado todos su vacíos y sus defectos en la otra persona, de manera que incluso se concibe a sí mismo como la víctima. Al mismo tiempo, quien se engancha o se presta como víctima en esta relación, se preguntará qué hizo para merecer ese dolor o ese castigo, y tratará de resolverlo involucrándose con más energía y generosidad, sin darse cuenta de que es un círculo vicioso: incapaz de destruirse a sí mismo, el perverso narcisista proyecta su delirio sobre la otra persona para poder destruirla poco a poco.

¿Hay solución? 

Afortunadamente, es posible identificar cuando una relación tiene un potencial tóxico importante. Por ejemplo, sin importar cuán bien se realice una tarea, el perverso narcisista encontrará siempre un reproche o una forma de quitar mérito al esfuerzo. Si esta actitud se convierte en una constante, hay que poner distancia y aprender a defenderse.
Una manera de hacerlo es confrontando al perverso narcisista con su realidad: en vez de intentar justificar el por qué de nuestras acciones, hay que cuestionarlo: "¿quién eres y con qué derecho juzgas a los demás?". Este tipo de preguntas lo desestabilizan, sirven para desenmascararlo y desmontar su estrategia. Pero esto toma tiempo, pues el perverso narcisista, una vez que identifica el gen destructivo en su víctima, no la deja partir tan fácil.
Los expertos no dudan en recomendar buscar ayuda de un tercero, de preferencia un profesional. Si se trata de alguien del trabajo, es preciso acudir a recursos humanos o a una instancia de conciliación y arbitraje; si se trata de un conocido o incluso de la pareja, es preferible ir con un abogado; si hay lazos sanguíneos de por medio, más vale acudir con un terapeuta.
Si realmente se quiere salir de esta dinámica, hay que tomar medidas más firmes: cambiar el número de teléfono, la dirección de mail, quizás mudarse de trabajo, de casa o de barrio... Lo más importante es que la víctima recupere confianza en sí misma, que deje de asumir que "algo" hizo para merecer ese castigo. En otras palabras, es necesario dejar de asumir el rol de víctima, es preciso "soltar" esa necesidad que la lleva a querer comprender al perverso narcisista y así justificar de alguna manera la crueldad.
Suele ocurrir que el perverso narcisista aísla a su víctima para poder manipularla sin interferencia, por eso es muy importante que en el periodo de sanación se reúna con las personas que realmente la aman. Por un lado, fortalece sus vínculos y la hace sentirse menos sola, por otro, el contacto y el cariño ayudan a regenerar el autoestima.
¿Te ha ocurrido algo así? ¿Cómo hiciste para salir de ello?


sábado 14 de enero de 2012

El maltrato por un Perverso Narcisista




El letal maltrato psicológico 
Por María Braganza. l Directora de la carrera de psicología UNC 


El arma que emplean, con la que hieren y matan, es la palabra. El maltrato psicológico no aparece de un día para otro en la pareja, pero una vez que se instaló, es permanente y sistemático. Comienza con una fase de seducción, porque busca mujeres frágiles a las que les da seguridad. Se aprovecha de la admiración que la mujer siente por él y de la imagen bondadosa que ella le devuelve y que él necesita para su narcisismo.


Poco a poco, la mujer va anulando sus defensas y ya no puede rebelarse. A partir de ese momento, la víctima pasa a una relación dependiente y muestra su consentimiento. Comienza la dominación, el “otro” ya no es un igual. Al principio, la víctima no es consciente de este proceso, está atrapada. Con el pasar del tiempo, va perdiendo resistencia, no se opone y ya no critica.


La estrategia perversa consiste en el desarrollo de un juego lento, a diferencia de la trompada. Lo importante es el sometimiento. Es muy intuitivo a la hora de detectar puntos débiles de dolor o inferioridad del otro y allí atacan. A partir de este momento, la víctima comienza a ahogarse, no puede pensar. Sólo obedece... y empieza a tenerle miedo.


El perverso da muy poco y pide mucho. Nunca está satisfecho, y si la víctima expresa su descontento o se queja, aparecen las amenazas de abandono y ataque. Pero si la víctima se queda tranquila y dócil, puede permanecer un tiempo “en paz”. Esto va generando un estrés permanente. El perverso le niega a la víctima el derecho a ser oída y cuando habla, adopta un tono frío, la mayoría de las veces sin elevar su voz y su discurso es moralizador, distante e irónico.
Normalmente es muy mentiroso y siempre cree tener la razón. Jamás pedirá perdón y si lo hace, dirá que fue “sin intención”. La idea es hacer dudar a la víctima de sus propios pensamientos y afectos hasta el punto de tener que pedir perdón por algo que no hizo o agotarse buscando soluciones que nunca va a satisfacer al perverso. Pero el mecanismo que mejor pone en juego es la descalificación. 


Una y otra vez le dirá que no vale nada, que no hizo nada, que nadie la quiere, hasta que la víctima se lo cree. Pero no es sólo el ataque a su autoestima, también descalifica a sus amigos, a su familia, a su trabajo, a su pueblo natal, a su historia.
No existe, desde su mundo, ni respeto ni compasión por el “otro”, éste sólo existe en la medida en que pueda utilizarlo para manipular (cosa que hacen a la perfección) y mantenerlo en una posición de dependencia.





Núcleo agresivo
El maltrato psicológico tiene su núcleo agresivo porque se introduce en el territorio psíquico del otro. La psicopatología da cuenta de que la perversión es una defensa frente a la depresión o la psicosis. De todas maneras, eso no lo justifica, porque lo que está en juego es la identidad del otro que puede llegar a la destrucción moral que en no pocos casos termina en depresión, en enfermedades mentales o físicas (alta tensión, úlceras, trastornos del sueño, etcétera) o en suicidio.


El otro no es un cómplice “masoquista” simplemente, no puede defenderse, ama, sufre y se cree que es culpable de lo que ocurre. Jamás se le ocurre pensar que el otro pueda ser tan violento ni tan agresivo. Al igual que en el maltrato físico, la mujer piensa que “ella” lo va a “ayudar” e instala la esperanza.


Las frases agresivas son tan “de todos los días” que hasta parecen normales: ¡otra vez dejaste la azucarera sin tapa y está llena de hormigas...! 
¿Alguien puede ser más estúpida que vos?”. “En mi vida futura no estás en mis planes, tengo 10 para reemplazarte”. “No sé cómo podés ser amiga de...”.


La víctima calla, se culpa y sufre. El perverso la paraliza, siempre va a dejar claro que el que manda es él, dada su incapacidad de compartir. En la mayoría de los casos, la víctima es excesivamente tolerante, y el origen de la misma proviene de reproducir lo que uno de los padres ha vivido y de la necesidad de reparar. El perverso jamás se va a responsabilizar de ningún fracaso ya sea laboral o personal, la culpa siempre la tiene el otro: “No me das lo que necesito”; “nunca hacés nada por mí”; “todos son unos incapaces”.


La víctima oscila entre la angustia y la rabia, por momentos es conciliadora, por momentos intenta defenderse. Si reacciona y desea recuperar un poco de su libertad, el perverso, al ver que su víctima se le está escapando de las manos, reacciona con mayor saña y puede llegar a la violencia física.
Nunca aceptará que se queje y no le perdonará que se defienda.


 El perverso jamás deja libre a su presa y siempre la odiará porque piensa que la víctima lo odia como sólo él es capaz de hacerlo. Como utiliza el mecanismo de la proyección, la agresión es para siempre. Tampoco se privan de la paranoia: “Hay que atacar primero y gracias a eso sobrevivo”. La víctima desea olvidar, pero él no lo permitirá porque al tenerla como centro de la violencia (vivan juntos o separados) le evita sentirse deprimido o desestructurado.


Otto Kernberg (1975) define a esta estructura como “perverso narcisista” y describe a la persona como alguien muy centralizada en sí misma, con falta de empatía hacia los demás, insensible y que no sabe disfrutar de la vida. Es muy envidioso y le falta profundidad emocional. No puede experimentar auténticos sentimientos de tristeza o duelo. Frente al abandono, reacciona con una aparente depresión, pero la realidad es que siente mucho resentimiento cargado de venganza y nunca de verdadera tristeza por la persona a la que ha perdido.


Es narcisista porque su existencia está basada en “absorber” al otro ya que son estructuras vacías, por eso buscan parejas alegres, creativas, que aman a la vida. Cuando la víctima ya está “absorbida”, buscan con urgencia otra y se presentan como víctimas que han sido abandonados y nunca comprendidos. 


Es insensible y no tiene escrúpulos morales. No sufre y es incapaz de amar ya que siempre está presto para destruir momentos de felicidad de la que podría disfrutar con su familia, con su pareja o con sus amigos.
Cuando la víctima se da cuenta de la situación en la que se encuentra, tiende a reaccionar de dos maneras: o se somete o se separa. Si se decide por lo segundo, puede esperar más agresión, chantaje y presión en lo económico y siniestra manipulación con los hijos.


Para la víctima, olvidar el pasado no es fácil pero tampoco imposible. La manera de poder salir de esta situación es que primero deje de lado toda la culpa que le ha sido asignada por el agresor, reconozca que la persona a la que amó tiene un trastorno de personalidad que le ha hecho mucho daño, que debe protegerse a diestra y siniestra, que no debe entrar más en el juego perverso ni creer que él va a cambiar, ni justificarse más.
Y, fundamentalmente, recibir apoyo terapéutico porque no es fácil superar tanto tiempo de sufrimiento. Es importante rodearse de amigos, de actividades gratificantes y predisponerse para conocer nuevas personas que aumenten su autoestima y el sentimiento de que puede amar de nuevo... pero de manera diferente.






Fuente:
"La Voz del Interior" - Córdoba 22-05-2006
http://agendadelasmujeres.com.ar/notadesplegada.php?id=2345

La Violencia Perversa en la Pareja

 Resumen de: El acoso moral, y fue escrito por Marie France Hirigoyen
A menudo se niega o se quita importancia a la violencia perversa en la pareja, y se la reduce a una mera relación de dominación. Una de las simplificaciones psicoanalíticas consiste en hacer de la víctima el cómplice o incluso el responsable del intercambio perverso. Esto supone negar la dimensión de la influencia, o el dominio, que la paraliza y que le impide defenderse, y supone negar la violencia de los ataques y la gravedad de la repercusión psicológica del acoso que se ejerce sobre ella. Las agresiones son sutiles, no dejan un rastro tangible y los testigos tienden a interpretarlas como simples aspectos de una relación conflictiva o apasionada entre dos personas de carácter, cuando, en realidad, constituyen un intento violento, y a veces exitoso, de destrucción moral e incluso física.
El movimiento perverso se inicia cuando el movimiento afectivo empieza a faltar, o bien cuando existe una proximidad demasiado grande en relación con el objeto amado. Una proximidad excesiva puede dar miedo. Por esta razón, lo más íntimo es lo que se va a convertir en el objeto de la mayor violencia. Un individuo narcisista impone su dominio para retener al otro, pero también teme que el otro se le aproxime demasiado y lo invada. Pretende, por tanto, mantener al otro en una relación de dependencia, o incluso de propiedad, para demostrarse a sí mismo su omnipotencia. La víctima, inmersa en la duda y en la culpabilidad, no puede reaccionar.
El mensaje no confesado es «No te quiero», pero se oculta para que el otro no se marche. De este modo, el mensaje actúa de forma indirecta. El otro debe permanecer para ser frustrado permanentemente. Al mismo tiempo, hay que impedir que piense para que no tome conciencia del proceso.
El dominio lo establece un individuo narcisista que pretende paralizar a su pareja colocándola en una posición de confusión y de incertidumbre. Esto le libra de comprometerse en una relación que le da miedo. Por medio de este proceso, mantiene a su pareja a distancia, dentro de unos límites que no le parecen peligrosos. No quiere que su pareja lo invada, pero le hace padecer lo que él mismo no quiere padecer, ahogándola y manteniéndola «a su disposición». Si una pareja desea funcionar normalmente, debería establecer un refuerzo narcisista mutuo, aunque existan elementos puntuales de dominio. Puede ocurrir que uno intente «apagar» al otro, con el fin de estar muy seguro de que así queda en una posición dominante en la relación. Pero una pareja conducida por un perverso narcisista constituye una asociación mortífera: la denigración y los ataques subterráneos son sistemáticos.
La influencia y el control, cuando hay dominio, se refieren a lo intelectual o moral. El poder del seductor hace que la víctima se mantenga en la relación de dominación de un modo dependiente, mostrando su consentimiento y su adhesión. Eventualmente, esto trae consigo amenazas veladas o intimidaciones.
El seductor trata de debilitar para transferir mejor sus ideas. Hacer que el otro acepte algo por coacción supone admitir que no se considera al otro como a un igual. Así, el dominador puede llegar a apropiarse de la mente de la víctima, igual que en un verdadero lavado de cerebro. Entre las situaciones que pueden implicar trastornos de la personalidad, la clasificación internacional de las enfermedades mentales tiene en cuenta a los sujetos que se han visto sometidos durante mucho tiempo a maniobras de persuasión coercitiva tales como el lavado de cerebro, el encauzamiento ideológico o el adoctrinamiento en cautividad.

El dominio se manifiesta en el ámbito de las relaciones y consiste en una dominación intelectual o moral que atestigua el ascendente o la influencia de un individuo sobre otro.15 La víctima no llega a darse cuenta de que la están forzando. Se halla como atrapada en una tela de araña, atada psicológicamente, anestesiada y a merced del que la domina, sin tenerlo muy presente.

La estrategia perversa no aspira a destruir al otro inmediatamente; prefiere someterlo poco a poco y mantenerlo a disposición. Lo importante es conservar el poder y controlar. Al principio, las maniobras son anodinas, pero si la víctima se resiste, se vuelven cada vez más violentas. Si la víctima es demasiado dócil, el juego no resulta excitante. Tiene que ofrecer una resistencia suficiente para que al perverso le apetezca prolongar la relación, pero la resistencia no puede ser tampoco excesiva, porque entonces se sentiría amenazado. El perverso tiene que poder controlar el juego.
Todas las víctimas mencionan su dificultad para concentrarse en algo cuando su perseguidor está cerca. Éste último, en cambio, se presenta al observador con un aire de perfecta inocencia. Entre su aparente comodidad y el malestar y el sufrimiento de la víctima se instala una gran distancia. En este estadio del proceso, las víctimas se sienten ahogadas y se quejan de no poder hacer nada solas. Tienen la sensación de no disponer de espacio para pensar.
Al principio, obedecen para contentar a su compañero, o con una intención reparadora, porque adopta un aire desdichado. Más adelante, obedecen porque tienen miedo. Los niños, por ejemplo, aceptan la sumisión como una respuesta a su necesidad de reconocimiento; les parece preferible al abandono. Pero, dado que un perverso da muy poco y pide mucho, se pone en marcha un chantaje implícito o, al menos, una duda: «Si me muestro más dócil, terminará por apreciarme o amarme». Este camino no conduce a ninguna parte, pues no hay manera de colmar al perverso narcisista.
Lo paradójico de la situación es que los perversos aumentan su dominio en función del grado de intensidad de la lucha que mantienen contra su propio miedo al poder del otro, un miedo que se acerca al delirio cuando perciben que ese otro es superior a ellos.
La fase de dominio es un período en que la víctima permanece relativamente tranquila siempre y cuando se muestre dócil, es decir, si se deja capturar en la tela de araña de la dependencia. A partir de ahí, se establece una violencia insidiosa que se irá transformando gradualmente en violencia objetiva. Durante la fase de dominio, es difícil introducir cambios: la situación se encuentra paralizada. El miedo que ambos protagonistas tienen el uno del otro hace que esta situación incómoda tienda a perdurar:
—al perverso lo bloquea una lealtad interior, que está ligada a su propia historia y que le impide pasar directamente a la acción, o bien su miedo al otro; —a la víctima la bloquea el dominio que se ha establecido sobre ella y el consiguiente miedo, así como su propia negativa a admitir que el otro la rechaza.
Durante esta fase, el agresor mantiene a la víctima en tensión, en un estado de estrés permanente.
En general, los observadores externos no perciben el dominio. Pueden incluso negar determinadas evidencias. A los que no conocen el contexto y, por lo tanto, no pueden detectar segundas intenciones, las alusiones no les parecen desestabilizadoras. Se puede iniciar así un proceso de aislamiento. La víctima ya ha sido acorralada en una posición defensiva, y esto la conduce a comportarse de un modo que irrita a sus allegados. Éstos empiezan a verla como una persona desabrida, quejumbrosa y obsesiva. En cualquier caso, ha perdido su espontaneidad. La gente no termina de comprender qué ocurre, pero se ve arrastrada a juzgar negativamente a la víctima.

En una agresión perversa, advertimos un intento de desquiciar a una persona y de hacerla dudar de sus propios pensamientos y afectos. La víctima pierde la noción de su propia identidad. No puede pensar ni comprender. El objetivo es negar su persona y paralizarla para que no pueda surgir un conflicto. Se la tiene que poder atacar sin perderla. Debe permanecer a disposición del perverso.
Una doble coacción lo permite: en el nivel verbal se dice una cosa, y en el nivel no verbal se expresa lo contrario. El discurso paradójico se compone de un mensaje explícito y de un mensaje sobreentendido. El agresor niega la existencia del segundo. Ésta es una manera muy eficaz de desestabilizar al otro.
Al bloquear la comunicación mediante mensajes paradójicos, el perverso narcisista consigue que su víctima no entienda su propia situación y logra impedir que ésta pueda proporcionar respuestas adecuadas. La víctima se agota buscando soluciones, las cuales son de todas formas inadecuadas y, sea cual fuere su resistencia, es incapaz de evitar la emergencia de la angustia o de la depresión.
En un perverso, en cambio, la dominación se encuentra solapada; el perverso la niega.
No le basta con el sometimiento del otro; tiene que apropiarse de su sustancia.
La violencia perversa se establece de una manera insidiosa y, a veces, bajo una máscara de dulzura o de benevolencia. La víctima no es consciente de que hay violencia y, a veces, puede llegar a pensar que ella es la que conduce el juego. El conflicto no es nunca un conflicto declarado. Si la violencia se puede ejercer de una forma subterránea, es porque se produce una verdadera distorsión de la relación entre el perverso y su víctima.

Cuando el perverso descubre que su víctima se le está escapando, tiene una sensación de pánico y de furor. En ese momento, él mismo se desata.
Cuando la víctima es capaz de expresar lo que siente, hay que hacerla callar.
Se produce entonces una fase de odio en estado puro extremadamente violenta. Abundan los golpes bajos y las ofensas, así como las palabras que rebajan, que humillan y que convierten en burla todo lo que pueda ser propio de la víctima. Esta armadura de sarcasmo protege al perverso de lo que más teme: la comunicación.
En su deseo de obtener un intercambio a toda costa, la víctima se expone.
Cuanto más se expone, más se la ataca y más sufre. El espectáculo de este sufrimiento le resulta insoportable al perverso, que refuerza sus agresiones para hacer callar a su víctima. Cuando ésta revela sus debilidades, el perverso las explota inmediatamente contra ella.
El odio ya estaba presente en la fase anterior de dominio, pero el perverso disimulaba y enmascaraba su presencia con el objetivo de paralizar la relación.
Todo lo que existía previamente de forma subterránea se muestra ahora con absoluta claridad. La actividad destructora se vuelve sistemática.

Aquí no se trata de un amor que se transforma en odio, como se podría llegar a pensar, sino de una envidia que se convierte en odio. No se trata tampoco de esa alternancia de amor y de odio a la que Lacan llamaba
«odiamoramiento», pues el perverso no ha sentido nunca amor en el sentido real del término. Si queremos describir la relación perversa, podríamos hablar incluso, siguiendo a Maurice Hurni y a Giovanna Stoll, de odio al amor. Hay, en primer lugar, una falta de amor que se oculta tras una máscara de deseo,pero no de un deseo de la persona en sí misma, sino de lo que tiene de más y que el perverso querría hacer suyo; y, en segundo lugar, hay un odio oculto, ligado a la frustración que siente el perverso cuando no puede obtener del otro tanto como desearía. Cuando el odio se expresa claramente, responde al deseo de destruir y de anular a la víctima. El perverso no renunciará a ese odio ni siquiera con el paso del tiempo. Para él, no cabe otra posibilidad —«¡Esto es así!»—, por mucho que para el resto de la gente los motivos de su odio no tengan ningún fundamento.


Autor: sebastián hacher

Jóvenes Tiranos


La tiranía de los jóvenes
J. URRA PORTILLO
BOL PEDIATR 2007; 47 (SUPL. 1): 96-100
VI Conferencia Blas Taracena del Piñal
Psicólogo Clínico y Forense. Escritor. Contertulio en Medios de Comunicación. Primer Defensor del Menor. 
Presidente de la Asociación Iberoamericana de Psicología Jurídica. Patrono de UNICEF. Profesor de Ética en Psicología (UCM)


El niño en muchos hogares se ha convertido en el dominador de la casa, se ve lo que él quiere en la televisión, seentra y se sale a la calle si así a él le interesa, se come a gustode sus apetencias. Cualquier cambio que implique su pérdida de poder, su dominio, conlleva tensiones en la vidafamiliar, el niño se vive como difícil, se deprime o se vuelve agresivo. Las pataletas, los llantos, sabe que le sirven para conseguir su objetivo.Son niños caprichosos, consentidos, sin normas, sin límites, que imponen sus deseos ante unos padres que no saben decir no. 

Molestan a quienes tienen a su alrededor, quieren ser constantemente el centro de atención, que se les oiga sólo a ellos. Son niños desobedientes, desafiantes. No toleran losfracasos, no aceptan la frustración. Echan la culpa a los demás de las consecuencias de sus actos.La dureza emocional crece, la tiranía se aprende, si nose le pone límites. Hay niños de 7 años y menos que dan puntapiés a las madres y éstas dicen «no se hace» mientras sonríen; o que estrellan en el suelo el bocadillo que le han preparado y posteriormente le compran un bollo. Recordemos, esos niños que todos hemos padecido y que se nos hacen insufribles por culpa de unos padres que no ponen coto a sus desmanes.

La tiranía se expone en las denuncias de los padres contra algún hijo, por estimar que el estado de agresividad y violencia ejercido por éste o ésta, afectaba ostensiblementeal entorno familiar. Otro hecho reiterado es el de las fugas del domicilio y el consecuente absentismo escolar con conductas cercanas al conflicto social. En otros casos, el hijo o hija entra en contacto con la droga y es a partir de ahí donde se muestra agresivo/a, a veces con los hermanos.

 Otros casosson los hijos que utilizan a sus padres como “cajeros automáticos”, o con chantajes, o manifestando un gran desapego hacia sus progenitores, transmitiendo que profundamente no se les quiere.En los últimos años, en los Juzgados y Fiscalía de Menores, hemos constatado un preocupante aumento de las denuncias a menores por malos tratos físicos (conllevan psí-quicos y afectivos) a las figuras parentales (casi exclusivamente a la madre).

 Estas realidades afloran ahora porque existe una fiscalía, un Defensor del Menor, unos servicios de protección ala infancia, una policía de menores donde denunciarles (antes no). Antes el hijo conflictivo (y, en muchas ocasiones quienno lo era) salía a muy corta edad de casa, a trabajar y buscarse la vida.Dichas inculpaciones son presentadas por vecinos, partes médicos de los hospitales y, puntualmente, por la víctima, la cual cuando llega a la Fiscalía de Menores a pedir“árnica” es que ha sido totalmente desbordada y derrotada, viene con la honda sensación de haber fracasado como madre y con un dolor insondable por denunciar a su hijo, sabedora de que la Justicia pudiera domeñar esa conducta,pero difícilmente equilibrarla.

La sórdida cotidianeidad de estos abusos en el seno delo que debiera ser un hogar cercena cualquier convivencia. Sin embargo, este “cáncer relacional” sólo despierta la alerta colectiva cuando salta a los medios de comunicación un parricidio, entonces, como en todos los hechos que concluyen en muerte, la sociedad vuelve a sorprenderse por la frialdad con que los niños cuentan sus actos violentos y por la aparente falta de móviles o razones para efectuarlos. 

Los humanos heredamos genética y culturalmente,¿puede, por ende, hablarse de violencia contra natura?


CARACTERÍSTICAS DE QUIEN VIOLENTA A SUS PADRES
Resulta inviable apuntar una estadística cuantificadora fiable, dada la más que incalculable pero segura amplia cifra de conductas de este tipo no denunciadas, y que sólo se interviene judicialmente en aquellas en que hay constancia de secuelas físicas de agresión.Genéricamente, no son adolescentes delincuentes. La mayoría de ellos no llegan a agredir a los padres. 

En muchas ocasiones han abandonado, de hecho, los estudios. No tienen obligaciones, ni participación en actividades o relaciones interactivas. Respecto al perfil, se trata de un menor varón (uno decada diez son chicas) de 12 a 18 años (con una mayor prevalencia del grupo 15-17 años) que arremete primordialmente a la madre. 

Adolecen hasta del intento de comprender quépiensa y siente su interlocutor “domado”. Poseen escasa capacidad de introspección y autodominio: “me da elpunto/la vena...”.Los tipos caben diferenciarse en:


Hedonistas-nihilistas, el más amplio en número. 

Su principio es “primero yo y luego yo”. Unos utilizan la casa como hotel (los fines de semana los pasan fuera),entienden que la obligación de los padres es alimentarles, lavarles la ropa, dejarles vivir y subvencionarles todas sus necesidades o, mejor dicho, demandas. El no cumplimiento de sus exigencias supone el inicio de unaltercado que acaba en agresión.

 En gran número no realizan ninguna actividad educativa o formativa, se levantan a las 13 horas, comen, descansan con una reparadora siesta y “a dar vueltas con los colegas”. Se implicancon grupos de iguales de conductas poco aconsejables.


En síntesis y literalmente, hacen lo que quieren, llevan a dormir a quien desean a casa, llaman al cerrajero ycambian la cerradura dejando a los padres fuera, etc.; enfin, un despotismo nada ilustrado.

Patológicos, bien sea por una relación amor-odio madre hijo, con equívocos, más allá de los celos edípicos, enalgún caso con relaciones incestuosas.
 Otro determinante es la dependencia de la droga, que impele al menor arobar en casa desde dinero para comprar sustancias psicotrópicas de diseño, hasta la cadena musical para adquirir otros tóxicos como inhalantes volátiles tipo pegamento con olueno.

Violencia aprendida como aprendizaje vicario desde laobservación, ya sea porque el padre (por ejemplo, alcohólico) también pega a la madre para conseguir su líquido elemento; o como efecto boomerang, por haber sufrido con anterioridad el maltrato en su propio cuerpo, la incontinencia pulsional de padres sin equilibrio ni pautas educativas coherentes y estables; cuando su edad yfísico lo permiten “imponen su ley” como la han interiorizado.

• Se aprecian bastantes casos en hijos separados. Bien por el proceso, que en ocasiones se formula de tal manera que resulta muy dañino para los hijos, o porque el padre varón, en el régimen de visitas, le indica al hijo que su ex (se caracteriza por ser tonta, caprichosa, estúpida...) y que él como hijo haría bien en imponerse, tener más libertad… (o, lo que es lo mismo,encanalla a su hijo contra su ex, que no olvidemos es la madre del hijo). En muchas ocasiones el padre varónve al hijo los fines de semana en tiempos de cine, restaurantes, etc., mientras que la madre tiene que bregarcon el aseo personal del hijo, arreglo de la habitación,estudio, etc.  

La convivencia con la nueva pareja del padre o de la madre ocasiona a veces grandes disturbios en los hijosque, rebotados de una casa a otra, acaban agrediendoa la parte más débil.

Un porcentaje significativo de chavales son niños adoptados o acogidos por familias que no son biológicamente las suyas. 

Pareciera que ese sentimiento de no pertenencia al 100%, de no vinculación sanguínea, permite al joven exigir más, demandar, al tiempo de unos padres que no se atreven a emplear todos los mecanismos desanción para ganarse el respeto, mostrándose en ocasiones excesivamente condescendientes.


Todos los tipos tienen nexos de confluencia, tales como los desajustes familiares, la “desaparición” del padre varón(o bien no es conocido, o está separado y despreocupado, o sufre algún tipo de dependencia o simplemente no es informado por la madre para evitar el conflicto padre-hijo, si bien la realidad es que prefiere no enterarse de lo que pasa encasa en su ausencia). 


No se aprecian diferencias por niveles socio-económico-culturales. Los facilitadores que provocanla erupción violenta son nimios. La tiranía hace años que inició su carrera ascendente. 

El hijo es único o el único varóno el resto de los hermanos más mayores han abandonado el hogar. En la casi totalidad de los casos no niegan su participación; es más, la relatan con tanta frialdad y con tal realismo que impresiona sobremanera.El niño o joven que se droga, que se implica con grupo de iguales disociales, que se fuga, no va a ningún sitio, sólohuye de una incomprensión, de una falta de atención, de afecto, seguro de un maltrato.

Se maltrata a nuestros jóvenes cuando no se transmiten ni pautas educativas que permitan la autoconfianza,ni valores solidarios, y a cambio se les bombardea con mensajes de violencia. Se les maltrata cuando se les cercen a la posibilidad de ser profundamente felices y enteramente personas.

Las causas son: una sociedad permisiva que educa a los niños en sus derechos pero no en sus deberes.


Es obvio que se ha pasado de una educación autoritaria de respeto, casi miedo al padre, al profesor, al conductor del autobús, al policía, a una falta de límites, donde algunosjóvenes (los menos) quieren imponer su ley de la exigencia,de la bravuconada, de la fuerza.

El cuerpo social ha perdido fuerza moral, desde la corrupción no se puede exigir. Se intentan modificar conductas, pero se carece de valores.Respecto a los medios de comunicación y, primordialmente, a la televisión, es incuestionable que la “cascada” de actos violentos (muchas veces sexuales) difuminan la gravedad de los hechos.


La televisión es utilizada por muchos padres como “canguro”, el golpeo catódico continuado invita ocasionalmente a la violencia gratuita y, en general, adopta una posición amoral al no definir lo que socialmente es adecuado de lo inaceptable. 

Los roles parentales clásicamente definidos se han diluido, lo cual es positivo si se comparten obligaciones y pautas educativas, pero resulta pernicioso desde el posicionamiento de abandono y el desplazamiento de responsabilidades.Hay miedo, distintos miedos: el del padre a enfrentarse con el hijo, el de la madre al enfrentamiento padre-hijo.

 El de la urbe, a recriminar a los jóvenes cuando su actitud esde barbarie (en los autobuses, metro...) caemos en la atonía social, no exenta de egoísmo, delegando esas funcionesa la policía, a los jueces, que actúan bajo “el miedo escénico”; así el problema no tiene solución.


A las penosas situaciones en que un hijo arremete a suprogenitor no se llega por ser un perverso moral, ni un psicópata, sino por la ociosidad no canalizada, la demandaperentoria de dinero, la presión del grupo de iguales… perobásicamente por el fracaso educativo, en especial en la transmisión del respeto, y si no: ¿por qué en la etnia gitana noacontecen estas conductas, muy al contrario, se respeta almás mayor?

Evolución: la tiranía se convierte en hábito o costumbre, cursa in crescendo, no olvidemos que la violenciaengendra violencia. La frecuencia de las persecucionespor la casa, de la rotura de mobiliario, de los golpes,patadas a la madre, la intensidad de las humillacionesy vejaciones de todo tipo se incrementan, se pasa alrobo en el domicilio, amenaza con cuchillos...

 Las exigencias, cada vez mayores, obligan necesariamente adecir un día NO, pero esta negativa ni es comprendida, pues en su historia vivida no han existido topes, nies aceptada, pues supondría validar una revolucióncontra el estatus quo establecido. La presión a estasalturas de la desviada evolución impele a las conductas hetero y autoagresivas. El no es “consustancialmente” inaceptable.



• Intervención: el Código Civil recoge la figura del auxiliar judicial, que es la ayuda que pueden solicitar los padres que se sienten impotentes ante sus hijos.Si un padre solicita de los servicios sociales que se hagan cargo de su hijo, dicha red social tiene que aceptarlo,posteriormente se podrá reclamar a los padres una pensión alimentaria y establecer un plan de apoyo social con la familia. 


En el primer momento, se firma un contrato de guarda temporal. La situación, cuando llega a los Juzgados de Menores,suele ser de tan intensa gravedad que no cabe otra solución inicial que el internamiento. Poner límites, que los actores constaten que la sociedad se defiende de esas actuaciones. 


Frenar una posible generalización de esasconductas, si bien hemos constatado que muchos deestos jóvenes se comportan así sólo en casa, no trasladando los problemas con el grupo de pertenencia al dereferencia.Los menores son conscientes de que obran mal, que suforma de conducirse es reprobada por todos, jamás dicenen el Centro la razón de su internamiento, sino que aducenque son pandilleros, que están por agredir a un policía (loque les mejora el status).

Obviamente, el internamiento es el paso previo y ya aprovechado para una terapia profunda y dilatada, dondereequilibrar su comportamiento y percepción del mismo,actitud hacia los otros, etc. 


Finalmente, esta psicoterapia decorte sistémico incluye a las distintas figuras que componen el núcleo familiar (evitando la vivencia del “chivo expiatorio”), abordando los conflictos, implementando otras habilidades de resolución de problemas, de relación, aportando pautas coherentes para reeducar basadas en el razonamiento, etc.

En los casos de agresión a los padres, si éstos depositan toda su confianza en que la sola intervención de la justicia de menores dará cumplida solución al problema,hemos de reseñar que dichas expectativas (a ciertas edades de los jóvenes casi fe), se verán frustradas. 

Cabe unafunción mediadora-conciliadora, está recomendada unaLibertad Vigilada con amplia duración temporal (bien quedé continuidad a la medida de internamiento dejándola ensuspenso, bien como alternativa al no hacerse imprescindible el “sacar” al menor del foco conflictivo); sin embargo, es función que escapa al ámbito de la Justicia reestructurar las relaciones paterno-filiales, por lo que la medida de Libertad Vigilada se llenará de contenido con la asistencia del grupo familiar a psicoterapia, bien sea el Centro de Salud Mental que les corresponda o a otra institución privada, pero donde se constate la evolución, allí síse pueden establecer contratos conductuales y emplearotras técnicas y métodos durante las sesiones precisas,no compatibles con el objeto y la inmediatez inherente a la Administración de Justicia.

Prevención = Educación: Hemos de educar a nuestros jóvenes y, ya desde su mástierna infancia, hay que enseñarles a vivir en sociedad. Porello han de ver, captar y sentir afecto, es preciso transmitirles valores.

Entendemos esencial formar en la empatía, haciéndolesque aprendan a ponerse en el lugar del otro, en lo que siente, en lo que piensa. La empatía es el gran antídoto de la violencia, no hay más que ver el menor índice de agresividadde las mujeres y relacionarlo con el aprendizaje que recibende niñas.


Precisamos motivar a nuestros niños, sin el estímulovacío de la insaciabilidad. Educarles en sus derechos y deberes, siendo tolerantes, soslayando el lema “dejar hacer”, marcando reglas, ejerciendo control y, ocasionalmente, diciendo NO.

Instaurar un modelo de ética, utilizando el razonamiento, la capacidad crítica y la explicación de las consecuencias que la propia conducta tendrá para los demás.Acrecentar su capacidad de diferir las gratificaciones, detolerar frustraciones, de controlar los impulsos, de relacionarse con los otros. Debemos fomentar la reflexión comocontrapeso a la acción, la correcta toma de perspectiva y ladeseabilidad social.


Entre todos, desde la red comunitaria, conformadapor los recursos sociales y la urdimbre ciudadana de asociaciones, ayudaremos a las familias (niño-familia-contexto) facilitando que impere la coherencia y se erradiquela violencia, que exista una participación más activa del padre.

 Este sostén exterior permitirá a los padres intentar ser amigos de sus hijos, pero sin olvidar su papel deeducadores.Impulsaremos que la escuela integre, que trabaje ydedique más t i empo a los más di fíc i l e s , quebrando el esquema (ocasional): «sal de clase al pasillo, del pasilloal patio, del patio a la calle».

 El que haya jóvenes desahuciados del mundo, de sí mismos, que se revuelven con tra los otros (padres o no), es un mal que está en la sociedad. Dijo Karl Popper en su último ensayo publicado que «lademocracia consiste en poner bajo control el poder político». Es cierto, y los productores de televisión siemprepodrán, si no se interviene, capturar la audiencia, pero esque el horror no nace de la fantasía sino de la realidad, porello se plasma, no sólo en reality shows, sino en noticiarios e informativos.

Denunciar los malos tratos que ocasionan algunos menores nos da fuerza para denunciar los malos tratos de los que en muchas ocasiones son víctimas esos u otros menores.No se trata de ideologías progresistas o reaccionarias,sino de evitar la “ley del péndulo”, del niño atemorizado al educador paralizado.

Como conclusión, estimamos poder convenir siguiendo el hilo argumental reflejados que la tiranía infantil reflejauna educación (si así puede llamarse) familiar y ambiental distorsionada que aboca en el más paradójico y lastimeroresultado, dando alas a la expresión «CRÍA CUERVOS....».




BIBLIOGRAFÍA- 

Urra J. Violencia, memoria amarga. Madrid: Siglo XXI; 1997. - Urra J. Niños y no tan Niños. Madrid: Biblioteca Nueva; 1998 - Urra J. El futuro? de la Infancia. Madrid: Pirámide; 2001. - Urra, J. Características de quien violenta a sus padres, en Urra, J.(comp.). Tratado de Psicología Forense. Madrid: Siglo XXI; 2002.- Urra J. Tratado de Psicología Forense (Comp.). Madrid: Siglo XXI;2002. - Urra J. Agresor Sexual. Casos reales. Madrid: Editorial E.O.S.; 2002. - Urra J. Escuela práctica para padres. Madrid: La Esfera de losLibros; 2004. - Urra, J. Adolescentes en conflicto. 52 casos reales (4ª ed.). Madrid:Pirámide; 2005.- Urra, J. El Pequeño Dictador. Cuando los padres son las víctimas.(12ª ed.) Madrid: La Esfera de los libros; 2006. - Urra J. El Arte de Educar. Madrid: La Esfera de los Libros; 2006.- Urra J, Clemente M, Vidal Y et al. Televisión: impacto en la infancia. Madrid: Siglo XXI; 2000. - Urra J y Clemente M. Psicología Jurídica del Menor. Madrid: Fundación Universidad-Empresa; 1997. - Urra J, Compadre A, Romero C. Jauría Humana. Cine y Psicología. Barcelona: Gedisa; 200



BOLETÍN DE LA SOCIEDAD DE PEDIATRÍA DE ASTURIAS, CANTABRIA, CASTILLA Y LEÓN

La tiranía de los jóvenes


Correo electrónico: urrainfancia@hotmail.com
© 2007 Sociedad de Pediatría de Asturias, Cantabria, Castilla y León
Éste es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Reconocimiento-NoComercial de Creative Commons
(http://creativecommons.org/licenses/by-nc/2.5/es/), la cual permite su uso, distribución y reproducción por cualquier medio para fines no comerciales, siempre que se cite el trabajo original)